El científico que baja a la zona más radiactiva de Chernóbil cada mes
Un investigador ucraniano de 38 años desciende regularmente a los túneles contaminados bajo el reactor 4 de Chernóbil para monitorear equipos y combustible nuclear. Su labor es considerada una de las más peligrosas del mundo porque trabaja en áreas donde la radiación es tan intensa que solo tiene minutos para completar sus tareas.
Anatolii Doroshenko es un tipo especial. Cada mes baja a un laberinto subterráneo oscuro ubicado a 10 metros bajo las ruinas del reactor 4 de Chernóbil, el que explotó brutalmente el 26 de abril de 1986. Ese lugar es prácticamente un infierno invisible: pisos contaminados, equipos radioactivos, paredes que emiten radiación, aire peligroso. Todo está infectado. Su misión es revisarlo todo, recopilar datos, instalar medidores, tomar muestras y verificar que el combustible nuclear siga bajo control. En las zonas más calientes, tiene menos de cuatro minutos para hacer su trabajo antes de tener que escapar.
Los túneles donde trabaja son estrechos, oscuros y confusos. Algunos pasillos son tan apretados que tiene que gatear. Aunque todo está marcado y los científicos tienen mapas que muestran dónde está la radiación más fuerte, es fácil perderse en ese laberinto. Bajo estas ruinas todavía hay unas 200 toneladas de combustible nuclear que tardará unos 40 años en recuperarse completamente. Hay formaciones extrañas de corio (una sustancia que se forma cuando el combustible nuclear se derrite a temperaturas extremas) esparcidas por todos lados, incluyendo una famosa que llaman "la pata de elefante". Lo complicado es que gran parte del combustible está cubierto por capas enormes de hormigón, así que es imposible acceder a muchas zonas para tomar muestras directas.
Para bajar allá, Doroshenko se embutía en capas de ropa protectora: cubiertas en los brazos, botas especiales, un respirador FFP2 pesado. En algunos pasajes más angostos añade un traje de polietileno completo. Cuando sale, tiene que pasar por varios puntos de control, quitarse toda la ropa en una "zona sucia" (que luego se descontamina o se destruye), meterse a una ducha obligatoria y finalmente pasar por un detector para confirmar que no tiene partículas radioactivas pegadas al cuerpo. A pesar de todo esto, dice que cuando baja al reactor siente algo casi eufórico, como si estuviera escalando el Everest. Pero no se deja llevar por la emoción: insiste en que el miedo es su mejor amiga porque le ayuda a mantener el control y seguir los protocolos para reducir su exposición a la radiación.
Doroshenko reconoce que el mayor peligro es acostumbrarse demasiado al lugar. Si pierdes el respeto por la radiación, empiezas a bajar la guardia, y eso es cuando pasa algo malo. Cualquier cosa en ese lugar puede estar contaminada: un guante, un pedazo de metal, lo que sea. Aunque parezca inofensivo, puede matarte. Él dice que Chernóbil es más estructura que leyenda oscura, pero requiere vigilancia constante. Si dejan de bajar personas como él, los procesos dentro del reactor se volverían incontrolables y eso sería desastroso. Una vez al año se hace chequeos médicos obligatorios y en sus vacaciones intenta ir siempre al mar. Dice que seguirá bajando mientras pueda, que no se ha puesto un límite de edad. Lo más importante para él es que la gente no olvide que Chernóbil sigue siendo un problema real que necesita atención constante.
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