El príncipe Harry demandado por su propia organización benéfica
La fundación que Harry creó para ayudar a jóvenes africanos con VIH ahora lo demanda por difamación. Todo comenzó con una pelea interna que se salió de control.
Imagínate crear una organización para ayudar a otros y que después te demanden por difamación. Eso es exactamente lo que le está pasando al príncipe Harry con Sentebale, la fundación que él mismo estableció en África.
Para ponerte en contexto: Harry es el hijo menor del rey Carlos III de Inglaterra y de la princesa Diana (que murió en 1997). En 2006, junto con el príncipe Seeiso de Lesoto, creó Sentebale para apoyar a jóvenes que viven con VIH en Botsuana y Lesoto. La idea era honrar la memoria de su mamá, quien era súper conocida por su trabajo humanitario.
Pero la neta, las cosas se pusieron feas el año pasado. Todo empezó cuando la organización quiso cambiar su estrategia para conseguir dinero. Aquí es donde entra Sophie Chandauka, la presidenta del consejo directivo de Sentebale.
Según los documentos legales, Harry y su amigo Mark Dyer (que también está en el consejo) están siendo demandados por difamación ante el Tribunal Superior de Londres. La bronca escaló tanto que en marzo de 2024, Harry y el príncipe Seeiso renunciaron como patrocinadores de su propia organización.
¿Por qué renunciaron? Básicamente dijeron que ya no podían trabajar con Chandauka y que la relación estaba completamente rota. Pero ella no se quedó callada y acusó a Harry de liderar una campaña de hostigamiento para forzar su renuncia.
La Comisión de Caridad de Inglaterra y Gales tuvo que meter las manos para investigar todo este desmadre. Su veredicto fue que ambas partes la regaron al pelear en público y dañar la reputación de la organización. Ojo: no encontraron pruebas de acoso generalizado, pero sí criticaron cómo manejaron el conflicto.
Lo más gacho de todo esto es que mientras los adultos se pelean, los jóvenes africanos que necesitan ayuda están en medio del fuego cruzado. La organización ha logrado cosas increíbles durante casi dos décadas, pero ahora su capacidad para seguir ayudando está en riesgo.
Este caso nos muestra cómo hasta las mejores intenciones pueden salir mal cuando hay problemas de comunicación y ego de por medio. Al final del día, los más afectados son siempre los que más necesitan apoyo.




